Le di todo lo que tuve y lo que no tenía también, aún sabiendo que no se lo merecía.
Aún sabiendo que no lo notaría.
Me abrí por completo a él, nuevamente.
Él tomó mis pedazos, piezas que él mismo se había encargado de romper por años.
Y me armó nuevamente, con mucha delicadeza, con mucho cariño, con mucha dulzura.
Me trató como se trata a la persona amada. Me dejó hermosa nuevamente.
Y más fuerte que la anterior vez, por las cicatrices ya cerradas.
¿Y saben para qué lo hizo?
Para destruirme nuevamente.
Porque me vio nuevamente bella, feliz, triunfante.
Y un hombre acomplejado, vicioso y sin ningún logro en la vida no puede soportar tener a una mujer así.
No puede soportar estar junto a alguien que sí tenga un futuro.
Porque tendrá miedo de perderte, entonces sólo intentará destruirte para mantenerte junto a él.
Y si tú te dejas, lo hará una y otra vez.
Las mujeres somos tercas.
Debemos entender que a un hombre que le dimos todo, al cual abrimos todo nuestro mundo, al cual le dimos más amor que el que nos hemos dado a nosotras mismas, y que no supo valorar aquello, no lo hará nunca.
Ni aunque lo hagas sufrir, ni aunque la vida lo haga sufrir, ni aunque vuelvas con él mil veces.
El que nace mediocre, muere mediocre.
Y es mejor que muera sólo, a que te arrastre a ti también.
No dejes de ser una buena mujer sólo por un hombre que crees que te ama.
Porque si él está tratando de arrastrarte a su inmundicia, entonces eso no es amor.
Cuesta entenderlo, a mi me tomó años.
Pero es necesario hacerlo, porque estamos destinadas a hacer grandes cosas.
No a ayudar a gente que no quiere nuestra ayuda.
No a intentar cambiar a alguien que no quiere hacerlo.
No tengamos miedo a estar solas.
No tengamos miedo a llorar.
Llóralo hoy todo lo que tengas que llorarlo, así no lo llorarás mañana.
Maribel Klink
